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jueves, 30 de diciembre de 2010

EL AHORCADO DE OZ

El misterio que envuelve al Séptimo Arte tiene cosas como esta: durante décadas, perduró una leyenda sobre un miembro del rodaje de El mago de Oz y su trágica muerte en escena.

Igual que sucede con el grupo de científicos y arqueólogos que se vieron acechados por la maldición de Tutankamon, rodeados tras el descubrimiento entre misteriosas desgracias y muertes prematuras, esta película está salpicada de un halo gafe. Desde las graves quemaduras sufridas por la bruja del Oeste al filmar una explosión ó la intoxicación con el polvo de aluminio que utilizaban como maquillaje para el hombre de hojalata (quien debió ser sustituído por otro actor), hasta llegar al suicidio del que nos ocupamos ahora, la grabación transcurría de sobresalto en sobresalto. 

Quizás por publicitar la cinta y preservar el misterio, la Metro-Goldwyn-Mayer nunca aclararó el asunto, dejando engordar el rumor de que uno de los muchos enanos que participaban en el rodaje se había suicidado  y podía ser visto balanceando en un arbol al fondo del decorado.



Hoy día, como en tantas otras cosas, los adelantos no dejan mucho espacio al misterio, pues las técnicas modernas para el análisis de la imagen permiten apreciar que se trata del aleteo de una de las grullas utilizadas en la ambientación de la toma. De cualquier forma, cada cual puede creer lo que prefiera, porque el éxito del cine reside, en parte, en que al pasar por el filtro de  los ojos de cada uno de nosotros, toda película pasa a ser un poco nuestra y desde entonces en ella se muestra sólo lo que nosotros creemos/queremos ver.

lunes, 6 de diciembre de 2010

DIAS SIN HUELLA (THE LOST WEEKEND).

En Días sin huella, Billy Wilder relata las viviencias de un frustrado escritor alcohólico, enfrentado voluntariamente a un largo fin de semana sin las dos únicas personas que le aguantan. El título original ,  The lost weekend, como de constumbre, tiene poco que ver con el recibido en España. 

Muchas peliculas han contado con protagonistas aferrados a una botella, aunque pocas tienen el problema como eje central y aún son menos las que lo hacen tan bien como Días sin huella ó Dias de vino y rosas. El director enseña la cara más oscura del alcohol, la droga mejor aceptada en nuestra sociedad, pese a constituir un verdadero infierno para muchas personas y sus familias. Ni siquiera los gobernantes, tan empeñados en desterrar otras adicciones e inmiscuirse en nuestras vidas, le prestan la debida antención. 

Ray Milland encarna a un pobre hombre dominado por la bebida, dueña y señora de su voluntad y su dignidad. Podemos verlo tocando fondo y desesperado en su apartamento, incapaz de recordar donde ha escondido el whisky ó vagando por las calles para empeñar la máquina de escribir por un poco de alcohol. Se nota la mano de Wilder al exponer, a golpe de flashback, los antecedentes del noviazgo del protagonista con la sufrida Jane Wyman, por medio de las confesiones, tan reales y sinceras como estereotipadas, entre un borracho y su camarero de confianza. Ese vínculo, mientras exista un intercambio comercial, entiéndase bien, de bebida por dinero, suele funcionar de por vida ó, al menos, hasta la jubilación del camarero, como si de un matrimonio bien avenido de los de antes se tratara.

Completan el reparto Phillip Terry y Doris Dowling. En su palmarés cuenta con los premios Oscar de 1945 a la mejor película, dirección, actor principal y mejor guión adaptado.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

VERTIGO EN CHARLA DE NEVERA

Soy de los que disfrutan Vértigo desde los créditos de entrada, obra de Saul Bass, porque está plagada de secuencias magistrales y hasta la elección de los colores utilizados merecería un tratado independiente.

Tanto la música de Bernard Hermann como la ciudad de San Francisco acompañan al gran James Stewart y a Kim Novak (su papel iba destinado a una Vera Miles inoportunamente embarazada)  como dos personajes más de esta relación entre un hombre y un fantasma. Una notable Barbara Bel Geddes pone el contrapunto como racional espectadora, a su pesar.


Elevada a película de culto sólo años depués de su estreno, Vértigo se presta a lo que Hitchcock llamaba "charla de nevera", en referencia al momento en que, ya en casa tras volver del cine, tomamos algo de la nevera mientras especulamos sobre ésta o aquella escena que no nos convence  o no le encontramos explicación. Al director, que siempre sabía por qué y cómo hacía las cosas, le hacía gracia esa capacidad del publico para reinterpretar sus películas.

Para quien disfrute con los errores, esta obra maestra  no podía ser menos y tiene uno cuando Scottie y el marido de Madeleine se entrevistan en un club ante dos copas, de las cuales desaparecen en un instante los cubitos de hielo.

He perdido la cuenta de las veces que la he visto y aunque ya no me sorprendo por ello, consigue que cada ocasión me parezca la primera.
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