Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Bernard Hermann. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bernard Hermann. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO


Como luego hiciera en Cortina rasgada con Julie Andrews, Alfred Hitchcock se decantó por una protagonista de corte amibarado para El hombre que sabía demasiado, en detrimento de su prototipo de mujer rubia más o menos fría y misteriosa. A mi juicio, la elección estuvo aquí más justificada, al poner el énfasis en mostrar, antes que a una mujer enamorada, a una madre empeñada por encontrar a su repelente vástago, secuestrado porque un espía moribundo ha revelado casualmente a su padre los planes para ejecutar un magnicidio en la capital británica. La elegida fue la actriz norteamericana Doris Day, quien da vida en la ficción a la despierta esposa del doctor McKenna (James Stewart). 

Es una leyenda viva de Hollywood, de esa clase de artistas en toda la extensión del término, pues lo mismo baila que canta o interpreta, pero siento decir que esta vez no la encuentro a la altura de su compañero. Parecería injusto señalar que está mal en el papel, si bien la reconozco algo sobreactuada y, más que nada, chirría verla fuera de su hábitat, el de las comedias y musicales que la hicieran tan popular. 
                                                                   
En esta historia de espías, desarrollada a caballo entre Marrakech y Londres, sorprende la manera en que describe la primera de aquellas ciudades, su luz, esencia y colorido, bien captados por el genio británico, tan ajeno en principio a aquellas latitudes. Aunque estaba menos orgulloso, en 1934 firmó una versión más modesta de este largometraje durante su etapa británica, pero ambientada en un lugar tan contrapuesto a Marruecos como los Alpes suizos.

Man Who Knew Too Much, The x06                                                                                                                                                                                                 by newhousedesign

Personalmente, me encantan las secuencias en el taller del taxidermista Ambrose Chapell, rodadas en los escenarios reales del taller de "Edward Gerrard & sons", famosa firma londinense -ya desparecida- que durante años suministró material para el atrezo de muchas películas. El primer encuentro de James Stewart con el señor Chapell padre, equiparado a un pelícano disecado y luego con el hijo, un tigre rugiente, preceden al forcejeo alrededor de un pez sierra, leones, pájaros y leopardos que pone el toque de humor inglés entre el suspense que rodea toda la cinta. En realidad, el personaje de Stewart, que medía casi dos metros, había aportado antes unas notas de humor con sus dificultades para sentarse a comer en un restaurante marroquí.




De otro lado, sería imperdonable no recordar la maestría de Hitchcock para elaborar escenas de gran tensión en espacios como cines, teatros o salas de conciertos abarrotados de público, lo que tiene lugar en varios de sus títulos como Sabotaje, Cortina rasgada y 39 escalones. Por ello, no es de extrañar que El hombre que sabía demasiado nos regale lo mejor de la película en el interior del Royal Albert Hall de Londres: nueve minutos sin una sóla linea de diálogo en los que se concatenan decenas de planos fijos bajo el único acompañamiento musical de la obra que se interpreta durante el desarrollo de la trama, sugiriendo un claro homenaje al cine mudo.

Además, este largometraje se hizo con el Oscar a mejor canción, por el recordado "Que será, será", cantado a regañadientes por  Doris Day en dos pasajes del largometraje y en el que nada tuvo  que ver Bernard Hermann, que también  rescató parte de la música de la primera versión de 1934.


      
No quiero terminar sin hacer mención a un par de curiosidades que rodean esta película. La primera de ellas es que no sólo cuenta con el tradicional cameo de su director (aparece de espaldas viendo un espectáculo acrobático en el mercado), sino que el gran Bernard Hermann se encarnó a sí mismo mientras dirigía a la Sinfónica de Londres. La segunda es el hotel La Mamounia donde se aloja la familia protagonista en Marrakech, que existía en realidad y hoy sigue siendo uno de los más conocidos y lujosos del país.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

VERTIGO EN CHARLA DE NEVERA

Soy de los que disfrutan Vértigo desde los créditos de entrada, obra de Saul Bass, porque está plagada de secuencias magistrales y hasta la elección de los colores utilizados merecería un tratado independiente.

Tanto la música de Bernard Hermann como la ciudad de San Francisco acompañan al gran James Stewart y a Kim Novak (su papel iba destinado a una Vera Miles inoportunamente embarazada)  como dos personajes más de esta relación entre un hombre y un fantasma. Una notable Barbara Bel Geddes pone el contrapunto como racional espectadora, a su pesar.


Elevada a película de culto sólo años depués de su estreno, Vértigo se presta a lo que Hitchcock llamaba "charla de nevera", en referencia al momento en que, ya en casa tras volver del cine, tomamos algo de la nevera mientras especulamos sobre ésta o aquella escena que no nos convence  o no le encontramos explicación. Al director, que siempre sabía por qué y cómo hacía las cosas, le hacía gracia esa capacidad del publico para reinterpretar sus películas.

Para quien disfrute con los errores, esta obra maestra  no podía ser menos y tiene uno cuando Scottie y el marido de Madeleine se entrevistan en un club ante dos copas, de las cuales desaparecen en un instante los cubitos de hielo.

He perdido la cuenta de las veces que la he visto y aunque ya no me sorprendo por ello, consigue que cada ocasión me parezca la primera.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...