Cuando las estrellas de Hollywood comenzaron a hacer uso de la cirugía estética para modelar a capricho sus cuerpos y rostros, el común de los mortales ni siquiera había oido hablar de su existencia y al resto les parecería una suerte de ciencia ficción.
En los primeros años veinte del siglo pasado, Louis B. Mayer obligaba a Greta Garbo a hacerse diversas componendas faciales, incluyendo la extraccion completa de su dentadura, y en 1929 Marlene Dietrich ya se había sometido a una rinoplastia, así como a la extracción de varias muelas con el objetivo de acentuar los pómulos que la harían mundialmente famosa.
Con el nacimiento del star siystem, los estudios percibieron la conveniencia de transformar a sus actores en patrones de belleza fuera del alcance del gran público y convertirlos en una especie de seres perfectos por los que la masa suspirase anonadada. La dependencia de los esclavizados intérpretes era tal que servían como conejillos de indias a sus jefes, casi sin opción a rechistar si querían conservar alguna opción de promocionar sus carreras. La cosa llegaba hasta tal punto que los propios estudios decidían la intervenciones más convenientes en cada caso, para que sus pupilos pudieran salir airosos de la tiranía del primer plano. El afán de muchos actores de aquel tiempo por pertenecer al Olimpo de Hollywood, les hacía dejar a un lado las consecuencias de perder la indentidad física, porque la metamorfosis era parte del peaje que estaban dispuestos a pagar.
Sólo un reducto de afortunados tenían la suerte de escapar del quirófano, bien porque su físico imperfecto les confería una personalidad específica digna de conservación y/o estaban destinados a encarnar una y otra vez al malo de la película (pienso en actores como Peter Lorre ó Boris Karloff), ó bien porque eran portadores de una belleza natural que, en el peor de los casos, sólo requería intervenciones menores como un cambio en el color del cabello o alzas en los zapatos.
Entre los cambios más "modernos" el de Cher se lleva la palma, aunque ella misma confesó haber perpetrado su remodelado integral, costillas flotantes incluidas, por propia voluntad e insatisfacción. Le sigue Goldie Hawn, de la que ya hablamos en Flor de cactus y a quien pudimos ver en una parodia de esta lucha contra el tiempo y el propio cuerpo en La muerte os sienta tan bien. No queda rezagado el monstruoso Mickey Rourke ni el difunto Tony Curtis, quien siendo ya octogenario pretendía aparentar la edad que tenía al protagonizar Con faldas y a lo loco. Otros ejemplos para no olvidar los tenemos en los labios imposibles de Melanie Griffith o las filigranas de Nicolas Cage para ocultar su calvicie.
Volviendo a los clásicos y a pesar de que todo se llevaba a cabo dentro del más estricto secreto, es público y notorio que Marilyn Monroe se había operado la nariz y esculpido su barbilla, que Rita Hayworth no sólo se hizo la rinoplastia de rigor sino que padeció dolorosas sesiones de electrolisis para despejar su frente o que Humphrey Bogart, en sus últimos años, gastó peluquín.
Del lado contrario y haciendo honor a la fama de rebelde de su tiempo, destaca la oposición radical de Ingrid Bergman a la transformación que le solicitaba Hollywood a su llegada. Desde aquí le agradezco que hiciera caso omiso, pues hubiera echado a perder uno de los mejores rostros del Cine de todos los tiempos.



