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viernes, 1 de abril de 2011

EL QUIRÓFANO DE HOLLYWOOD


Boris-Karloff
Cuando las estrellas de Hollywood comenzaron a hacer uso de la cirugía estética para modelar a capricho sus cuerpos y rostros, el común de los mortales ni siquiera había oido hablar de su existencia y al resto les parecería una suerte de ciencia ficción.

En los primeros años veinte del siglo pasado, Louis B. Mayer obligaba a Greta Garbo a hacerse diversas componendas faciales, incluyendo la extraccion completa de su dentadura, y en 1929 Marlene Dietrich ya se había sometido a una rinoplastia, así como a la extracción de varias muelas con el objetivo de acentuar los pómulos que la harían mundialmente famosa.

Con el nacimiento del star siystem, los estudios percibieron la conveniencia de transformar a sus actores en patrones de belleza fuera del alcance del gran público y convertirlos en una especie de seres perfectos por los que la masa suspirase anonadada. La dependencia de  los esclavizados intérpretes era tal que servían como conejillos de indias a sus jefes, casi sin opción a rechistar si querían conservar alguna opción de promocionar sus carreras. La cosa llegaba hasta tal punto que los propios estudios decidían la intervenciones más convenientes en cada caso, para que sus pupilos pudieran salir airosos de la tiranía del primer plano. El afán de muchos actores de aquel tiempo por pertenecer al Olimpo de Hollywood, les hacía dejar a un lado las consecuencias de perder la indentidad física, porque la metamorfosis era parte del peaje que estaban dispuestos a pagar.

Rita Hayworth, antes y despues

Sólo un reducto de afortunados tenían la suerte de escapar del quirófano, bien porque su físico imperfecto les confería una personalidad específica digna de conservación y/o estaban destinados a encarnar una y otra vez al malo de la película (pienso en actores como Peter Lorre ó Boris Karloff), ó bien porque eran portadores de una belleza natural que, en el peor de los casos, sólo requería intervenciones menores como un cambio en el color del cabello o alzas en los zapatos.

Greta-Garbo
Una irreconocible Greta Garbo
Entre los cambios más "modernos" el de Cher se lleva la palma, aunque ella misma confesó haber perpetrado su remodelado integral, costillas flotantes incluidas, por propia voluntad e insatisfacción. Le sigue Goldie Hawn, de la que ya hablamos en Flor de cactus y a quien pudimos ver en una parodia de esta lucha contra el tiempo y el propio cuerpo en La muerte os sienta tan bien. No queda rezagado el monstruoso Mickey Rourke ni el difunto Tony Curtis, quien siendo ya octogenario pretendía aparentar la edad que tenía al protagonizar Con faldas y a lo loco. Otros ejemplos para no olvidar los tenemos en los labios imposibles de Melanie Griffith o las filigranas de Nicolas Cage para ocultar su calvicie. 

Volviendo a los clásicos y a pesar de que todo se llevaba a cabo dentro del más estricto secreto, es público y notorio que Marilyn Monroe se había operado la nariz y esculpido su barbilla, que Rita Hayworth no sólo se hizo la rinoplastia de rigor sino que padeció dolorosas sesiones de electrolisis para despejar su frente o que Humphrey Bogart, en sus últimos años, gastó peluquín.

Del lado contrario y haciendo honor a la fama de rebelde de su tiempo, destaca la oposición radical de Ingrid Bergman a la transformación que le solicitaba Hollywood a su llegada. Desde aquí le agradezco que hiciera caso omiso, pues hubiera echado a perder uno de los mejores rostros del Cine de todos los tiempos.


jueves, 30 de diciembre de 2010

EL AHORCADO DE OZ

El misterio que envuelve al Séptimo Arte tiene cosas como esta: durante décadas, perduró una leyenda sobre un miembro del rodaje de El mago de Oz y su trágica muerte en escena.

Igual que sucede con el grupo de científicos y arqueólogos que se vieron acechados por la maldición de Tutankamon, rodeados tras el descubrimiento entre misteriosas desgracias y muertes prematuras, esta película está salpicada de un halo gafe. Desde las graves quemaduras sufridas por la bruja del Oeste al filmar una explosión ó la intoxicación con el polvo de aluminio que utilizaban como maquillaje para el hombre de hojalata (quien debió ser sustituído por otro actor), hasta llegar al suicidio del que nos ocupamos ahora, la grabación transcurría de sobresalto en sobresalto. 

Quizás por publicitar la cinta y preservar el misterio, la Metro-Goldwyn-Mayer nunca aclararó el asunto, dejando engordar el rumor de que uno de los muchos enanos que participaban en el rodaje se había suicidado  y podía ser visto balanceando en un arbol al fondo del decorado.



Hoy día, como en tantas otras cosas, los adelantos no dejan mucho espacio al misterio, pues las técnicas modernas para el análisis de la imagen permiten apreciar que se trata del aleteo de una de las grullas utilizadas en la ambientación de la toma. De cualquier forma, cada cual puede creer lo que prefiera, porque el éxito del cine reside, en parte, en que al pasar por el filtro de  los ojos de cada uno de nosotros, toda película pasa a ser un poco nuestra y desde entonces en ella se muestra sólo lo que nosotros creemos/queremos ver.

viernes, 19 de noviembre de 2010

JEZABEL

Fructifera colaboración de los temperamentales/profesionales Bette Davis y William Wyler. Es sabido que ella acostumbraba a personarse en el set perfectamente vestida, peinada y maquillada al menos media hora antes que sus compañeros de trabajo, dispuesta a dar todo de sí misma. Él, en su búsqueda de la perfección le hizo repetir ciertas escenas decenas de veces, aunque estoy seguro de que cualquiera de las tomas hubiera valido. Nada que ver con la incapacidad de Marilyn en Con faldas y a lo loco, obligada a declamar las palabras "¿Donde está el bourbon? hasta en cincuenta y nueve ocasiones, porque lo olvidaba o se equivocaba.

Se discute si Jezabel nació como respuesta de Warner Brothers a Lo que el viento se llevó de MGM, tras descartar a la Davis para el papel de Scarlett O´Hara. Aunque hoy día pueda resultar un melodrama excesivamente almibarado, ver como Preston (el admirado Henry Fonda) obliga a la caprichosa Julie (Bette Davis) a soportar el escarnio público por causa de un vestido rojo, sería suficiente para justificar su existencia. Es curioso, pero el traje no era realmente rojo sino naranja, pues hubiera parecido negro en la pantalla. La escena,  con Fonda domando a la sureña caprichosa que ya no controla una situacion comprometida -creada por ella misma- mientras bailan al son de la música de Max Steiner, está entre mis favoritas del cine clásico.

En una entrevista concedida a Jane Fonda muchos años después, Davis contaba como su nacimiento (el padre tenía estipulado en contrato la posibilidad de ausentarse del rodaje cuando naciera su hija) le llevó a grabar en solitario, varias semanas antes y frente a un fondo negro, los primeros planos de sus tomas con Henry Fonda. A la vista del resultado, no me sorprende la grandeza de su mito.  

Nominada a cinco premios Oscar,  sólo Bette Davis y Fay Bainter (tía Belle) lo consiguieron. Para mi gusto el premio a esta última, como mejor secundaria femenina, es excesivo, aunque debió influir que Davis le arrebatara el premio para la mejor actriz protagonista, al que Bainter también optaba, por su intervención en White Banners.                                        
             
                 
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