Ha llovido mucho, y se nota, desde 1942, año en que el realizador francés René Clair dirigiera Me casé con una bruja. Al igual que tantos otros directores europeos en su particular conquista del Oeste, tuvo su etapa norteamericana, dirigiendo varias películas entre las cuales destaca sobremanera la que ahora nos ocupa.
Se trata de una comedia algodonosa e inocente, aunque la visión de la tan atractiva como atrayente Verónica Lake siempre merece la pena, pues tiene ese algo que sólo unos pocos consiguen: enamorar a la cámara y al espectador que les contempla. De lo contrario no podría explicarse que un retaco de apenas metro cincuenta que tampoco era Sarah Bernhardt, se erigiera en auténtico sex symbol de la década de los cuarenta y quedara para siempre en la memoria colectiva como un mito del celuloide. Sin ir más lejos, recuerdo el homenaje que Curtis Hanson le ofreció hace algunos años en la interesante L.A. Confidential, (1997) donde Kim Basinger interpreta a una prostituta que se gana la vida, entre otras cosas, imitando ante su clientela a la rubia cuya melena cubría su ojo derecho.
| Fredric March |
| Veronica Lake y Cecil Kellaway |
Por otro lado, esta cinta nos brinda la ocasión para ver en escena a una principiante y joven Susan Hayward en el papel de Estelle, quien al tiempo de la entrada en escena de Jennifer está a punto de convertirse en la señora de Wallace Wooley y lo que parece más importante para ella, en la próxima Gobernadora consorte del Estado. Por aquella época, la joven Susan tenía veinticinco años y un breve currículum cinematográfico, que no evitó que destacase en este papel, donde se convierte en una mujer decidida y temperamental aunque un poco insoportable e interesada.
| Susan Hayward |
Tal vez fuera a causa de las limitaciones presupuestarias o como ingeniosa solución estética, pero lo cierto es que los efectos especiales de la película se solventan, en buena medida, mediante la utilización de humo y acostumbrados como estamos hoy en día a los más costosos y variopintos trucos audiovisuales, incluso provocan una sensación de ternura.
He visto esta película un par de veces y me sigue pareciendo una comedia romántica de lo más ingenua, si bien hemos de considerar que fue rodada hace setenta años, aunque en su momento supuso el lanzamiento definitivo al estrellato de su protagonista femenina. Además, el tirón de Me casé con una bruja inspiró pocos años después un remake con James Stewart y Kim Novak como protagonistas y que llevaba por título Me enamoré de una bruja, así como la serie Embrujada, un gran éxito de la televisión norteamericana de los años sesenta.