Nick Cravat, cuyo nombre real era Nicholas Cuccia, fue un actor neoyorkino hijo de inmigrantes italianos, nacido a comienzos del siglo XX. No era demasiado portentoso ni muy conocido aunque, mejor ó peor, consiguió vivir de su trabajo toda la vida. Ahora bien, el logro se debe en buena medida a su gran amigo Burt Lancaster.
Ambos, que vivían en el mismo barrio, se conocieron en un campamento a los nueve años y mantuvieron una amistad, férrea como pocas, hasta el fin de sus días. Siendo muy jóvenes, juntos probaron suerte en el mundo del circo, donde crearon el dúo "Lang y Cravat". Ese fue el momento de cambiar su apellido paterno porque, según contó después su propia hija, Cuccia resultaba impronunciable y alardear de orígenes italianos en la Norteamérica de los años treinta no era algo muy popular.
| Con algunos compañeros del Kay Bros. Circus |
Con sus números acrobáticos recorrieron todo el pais durante una década, hasta que una lesión de Lancaster le obligó a dejar el mundo circense. Tras la Segunda Guerra Mundial y pasando ampliamente la treintena, dirigieron sus pasos a la interpretación. El primero fue Burt, debutando en Forajidos de Robert Siodmak (1946) y Cravat hizo lo propio en My friend Irma (1949), largometraje que también supuso el bautismo ante las cámaras para la pareja formada por Dean Martin y Jerry Lewis. Eso si, poco después llegarian los dos papeles más recordados y llamativos de su carrera, ahora ya junto a Burt Lancaster, en El halcón y la flecha y El temible burlón, donde tuvieron ocasión de demostrar nuevamente sus habilidades acrobáticas, al negarse a ser doblados por especialistas en las escenas peligrosas.
Luego vendrían otras siete cintas más al lado de un Burt Lancaster que no solo se había convertido en una estrella, sino que su posición le permitía exigir papeles para Nick en sus películas. Debido a que solía interpretar a mudos, muchos creían que lo era en realidad. Yo mismo tengo un libro por casa, donde se afirma tajantemente que era sordomudo. La explicación está en su marcado acento neoyorkino, que sus dotes interpretativas le impedían disimular así que, en varias ocasiones, se optó por dar a sus personajes esa minusvalía.
De ahí a su último trabajo en La isla del doctor Moreau (1977), donde no podía faltar su protector y gran amigo, tres décadas actuando en cine y televisión sin demasiada fortuna y una amistad de más de setenta años que el inexorable paso del tiempo y el destino quisieron que sólo se rompiera por la muerte de los dos en 1994, con unos meses de diferencia.


