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lunes, 6 de diciembre de 2010

DIAS SIN HUELLA (THE LOST WEEKEND).

En Días sin huella, Billy Wilder relata las viviencias de un frustrado escritor alcohólico, enfrentado voluntariamente a un largo fin de semana sin las dos únicas personas que le aguantan. El título original ,  The lost weekend, como de constumbre, tiene poco que ver con el recibido en España. 

Muchas peliculas han contado con protagonistas aferrados a una botella, aunque pocas tienen el problema como eje central y aún son menos las que lo hacen tan bien como Días sin huella ó Dias de vino y rosas. El director enseña la cara más oscura del alcohol, la droga mejor aceptada en nuestra sociedad, pese a constituir un verdadero infierno para muchas personas y sus familias. Ni siquiera los gobernantes, tan empeñados en desterrar otras adicciones e inmiscuirse en nuestras vidas, le prestan la debida antención. 

Ray Milland encarna a un pobre hombre dominado por la bebida, dueña y señora de su voluntad y su dignidad. Podemos verlo tocando fondo y desesperado en su apartamento, incapaz de recordar donde ha escondido el whisky ó vagando por las calles para empeñar la máquina de escribir por un poco de alcohol. Se nota la mano de Wilder al exponer, a golpe de flashback, los antecedentes del noviazgo del protagonista con la sufrida Jane Wyman, por medio de las confesiones, tan reales y sinceras como estereotipadas, entre un borracho y su camarero de confianza. Ese vínculo, mientras exista un intercambio comercial, entiéndase bien, de bebida por dinero, suele funcionar de por vida ó, al menos, hasta la jubilación del camarero, como si de un matrimonio bien avenido de los de antes se tratara.

Completan el reparto Phillip Terry y Doris Dowling. En su palmarés cuenta con los premios Oscar de 1945 a la mejor película, dirección, actor principal y mejor guión adaptado.

martes, 16 de noviembre de 2010

ARROZ AMARGO PARA CUATRO

Cartel de Arroz amargo.
El reciente adiós de Dino de Laurentiis me recordó una de sus producciones, Arroz Amargo,  catalogada entre las joyas del cine italiano de posguerra. La segunda película del director Giuseppe de Santis, está protagonizada por Raf Vallone (luego reconocido en España por su papel en La Violetera), Doris Dowling, un joven Vittorio Gassmann y la entonces poco conocida Silvana Mangano. Casada con Laurentiis el mismo año del estreno (1949), murió cuarenta más tarde en Madrid, donde había fijado su residencia. Al igual que otras grandes del cine italiano, se sirvió de los concursos de belleza para entrar, demostrando enseguida su magnetismo ante las cámaras.

Como telón de fondo de esta historia, merecidamente nominada al Oscar al mejor guión original, la campaña de recolección en los arrozales al norte del país. Walter y Francesca (Gassmann y Dowling) llegan huyendo de la policía por su implicación en el robo de unas joyas y coinciden con Silvana y Marco (Mangano y Vallone), estableciendose entre los personajes conexiones de amor, desamor, odio, envidia, solidaridad, desconfianza y agradecimiento.  Además, Arroz Amargo retrata la clase obrera italiana de la época y las miserias y bondades de las que somos capaces cuando el hambre aprieta.

En lo técnico, destaco la buena fotografía y una novedosa utilización del travelling y algunos planos poco usuales en el cine europeo de la época. En cuanto a los intérpretes, Doris Dowling está por debajo de sus compañeros, y me gusta Vittorio Gassmann. Eso si, me quedo con la Silvana Mangano que derrama erotismo en cada toma sin enseñar apenas nada, porque pertenece a ese reducido grupo de actrices que pueden hacerlo con una mirada, bebiendo un vaso de agua o recogiendo su cabello. Y eso me lleva a imaginar con regocijo a los censores españoles del momento trabajando a destajo por su culpa, hasta degradar al mismísimo Eduardo Manostijeras a la categoría de becario en prácticas.

Para terminar, algo que me atrae mucho son las meteduras de pata. En este caso hay una en la parte final, donde una de las actrices principales abre los ojos y mira hacia atrás. Nada raro, si no fuera porque ya ha muerto. 

¿Vas a perdértela?


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