La llegada de 2011 nos trae el cerrojazo al extendido hábito de conversar en los bares bajo una densa niebla, propiciada por el humo del tabaco. Con el cambio legislativo, en los locales ha despejado la bruma, quedado expuestos a una intencionada mezcolanza de olores más plural y democrática con aroma a café, fritanga, perfume y sudor a partes iguales.
Ya queda lejano el tiempo en que todo el mundo predicaba las bondades de sostener un cigarrillo entre las manos para ser alguien y las tabaqueras pagaban a las estrellas por fumar de los suyos. Tambien hace mucho que el cine sucumbió a la moda de condenar al destierro a los grandes fumadores que antes exhibía con insistencia. Del mismo modo, los bares españoles ven ahora como se desvanece la buena ó mala, pero intrínseca, costumbre de fumar en su interior.
Puede que sea mejor así, pero ya nada será lo mismo, al igual que los actores de hoy (salvo honrosas excepciones como Scarlett Johansson o Clint Eastwood) no tienen ni remota idea de encender los pitillos de dos en dos como Paul Henreid para Bette Davis en La extraña pasajera, ni saben darse fuego como lo hacía Lauren Bacall con las cerillas de Bogart en Tener o no tener. Un Humphrey inimaginable interpretando al Rick de "Casablanca" sin su cigarrillo genialmente colgado de la comisura de los labios. ¿Y que sería de Gilda sin fumar? ¿Y quién como la Audrey Hepburn de Desayuno con diamantes para hacerlo con boquilla? ¿A alguien se le ocurre pensar en un tipo mejor que Edward G. Robinson para saborear un habano en pantalla?
Pues eso, que hay cosas enmarcadas en un contexto cultural y temporal determinado que tal vez sea mejor no repetir, dejando que los nuevos, asépticos y no necesariamente mejores tiempos vayan tomando posiciones.
