El melodrama pasó a la historia pero, de vez en cuando, hay un momento adecuado para repasar o descubrir alguno de ellos. No cabe duda que entre los puntales del género se sitúa bien arriba Que el cielo la juzgue, película de 1945 considerada la obra maestra de su director, John M. Stahl, y un prodigio del Technicolor, por cuya fotografía Leon Shamroy se hizo con su tercer Oscar en dicha categoría. Además, para que vamos a engañarnos, cualquier ocasión es buena para el deleite con la agradable visión de Gene Tierney.
Tierney es Ellen, una rica malcriada con complejo de Electra que se casa tan rápido con el escritor Richard Harland (Cornel Wilde) que él no estaba al corriente cuando se anuncia el enlace. Sin embargo, nunca podrá ser feliz, porque lo quiere sólo para ella y no soporta que otras personas den afecto al títere de su marido, que no es más que la pantalla donde proyecta el espectro de su adorado padre muerto. No sigo contando, por si acaso, pero ya os digo que la buena de Ellen no se detendrá ante nada ni ante nadie para conseguir su propósito.
Cornel Wilde, un habitual y acartonado actor de reparto en el cine negro y de aventuras, tuvo ocasión de elaborar el mejor papel de su irregular carrera. 1945 fue su año, porque también se metió en la piel de Chopin en Canción inolvidable, lo que le valíó la única nominació al Oscar.
Completa el plantel, entre otros, Vincent Price, repitiendo el papel del año anterior como novio de Gene Tierney en la imprescindible Laura de Otto Preminger. Ahora sólo es el prometido despechado que ella abandona sin más explicaciones para casarse velozmente con Richard. A la larga esas cosas se pagan, porque ya le advirtió que él sólo ama una vez y claro, cualquiera hace enfadar al imponente Vincent Price.
Jeanne Crain (Carta a tres esposas, Pinky, Los caballeros se casan con las morenas) es la hermana de Ellen, a quien toca sufrir como uno de los principales objetivos de su ira. Es la buena de la película y, como no, lo pasa bastante mal. Pero en eso no tiene la exclusiva, porque Danny, el hermanastro minusválido de Richard también llevará lo suyo. El pimpollo, que no lo hace nada mal, es el olvidado Darryl Hickman y en su infancia y juventud tuvo oportunidad de estar presente en títulos como Las uvas de la ira, Té y simpatía, La ciudad de los muchachos y El extraño amor de Martha Ivers.
También Alfred Newman colabora lo suyo -literalmente a bombo y platillo- con el rimbombante acompañamiento musical que requería este tipo de película, incrementando así los momentos de climax melodramático.
De otro lado, siempre me ha hecho gracia que en este subgénero, donde Que el cielo la juzgue no es la excepción, todo el mundo y en especial las señoras, aparezca emperifollado hasta el extremo para llevar a cabo las tareas más banales. Por ejemplo, no tiene desperdicio el atuendo de la protagonista y su familia a su llegada, entre abrigos de pieles y sombreros, a un rancho de Nuevo Méjico donde, por otro lado, parece que haga bastante calor, pues ella se da un refrescante baño en el estanque poco después. Y tambien cuando Tierney prepara la comida en su campestre cabaña del lago o se levanta de la cama enjoyada, peinada y pintada como una puerta con unos camisones que podría haber llevado a una gala de los Oscar. Un presupuesto de cinco millones de dólares de la época se tiene que notar por algún lado, entre otras cosas en los veinticuatro modelitos que luce la estrella principal y que, por curiosidad, me he molestado en contar.
No quiero olvidar dar gracias a quien corresponda por el respeto al título original, "Leave her to heaven", que tanto se prestaba al gusto por ser traducido de cualquier manera. Soy un poco maniático con esas cosas y me irrita ver cómo se destrozan innecesariamente. En este caso, la traducción española es incluso mejor que la literal, algo así como "Dejádsela al cielo", pero si no me creéis aqui os dejo algunos ejemplos de la profanación en algunos paises:
Francia.- Pecado mortal
Brasil.- Amar fue mi ruina
Alemania.- Pecados capitales
En definitiva, nunca está de más repasar o descubrir Que el cielo la juzgue, aunque sólo sea por contemplar las escenas del paseo en barca por el lago y para darnos cuenta de que pertenece a una extinta forma de hacer cine que nunca volverá.

